Un nacionalismo mistraliano, descentralizado y mestizo

La Discusión de Chillan. 25 octubre 2020.

Gabriela Mistral,  modelo de patriota mestiza,  políticamente vivió y murió apostando por la índole más propia y connatural al ser chileno: su amor terco y acendrado al terruño,  una residencia poética y llena de sentido sobre este inestable suelo transitorio.

 Ella hablaba de un territorialismo mestizo descolonizado,  sobrio y estoico.   Pequeños propietarios,  familias ampliadas conformadas por los límites de un valle,  trabajando en la tierra propia y en la tierra común por el sustento a escala humana,  asociadas en una política de alianza de comunidades,  cercanas que aprenden a no depender y a vivir con lo necesario desechando lo superfluo.

Que decir al revés que San Juan Evangelista : “En el comienzo era la tierra,  era la mapu…No sólo el cielo es la cara de Dios…No hay vigor sin el contacto con la tierra…La tierra es el sostén de todas las cosas y no hemos creado todavía otra mesa que soporte nuestros bienes”.

En esta coyuntura constitucional,  ¿Cuál es la filosofía política a abrazar por Chile y de los chilenos? Respondamos de entrada que ninguna de las actuales,  todas adoradoras de un mismo materialismo reductor,  por lo que nadie pues pretenderá sanarse con más de lo mismo que enfermó.   Respondemos,  por tanto,  que es algo más antiguo que las instituciones democráticas; la tierra,  sí,  esta misma tierra montañosa de la patria angosta,  “patrias mínimas que se exhalan en radios grandes de influencia” como la poetisa decía,  con su memoria nativa acumulada en los lenguajes sapienciales propios de cada sector o porción de tierra.

 En consecuencia,  desde mucho antes de las izquierdas,  derechas y centros; desde antes del modernismo consumista y del Estado subsidiario,  se nos debería hacer urgente un salvador y descentralizado nacionalismo mistraliano con la raíz andina diaguita y mapuche del buen vivir.

  Ese que en nada se distinguiría del viejo territorialismo de linajes,  el suelo común compartido por unión de comunidades originarias en función de los naturales límites que imponen los ecosistemas O cuencas,  los viejos ayllarewe (“comunas” y agrupados en fitalmapu o “regiones”.

Todos con autonomía y soberanía territorial para decidir su propio proyecto de futuro y de desarrollo.  “La patria chiquita” llamaba Gabriela a su valle del Elqui,  zona elegida para ser uno de los centros espirituales del mundo.  La concentrada pequeñez de lo local,  cuando desde ella se sabe amar sus dones,  desde allí se exprime de propia mano todo el zumo de los significados.

 Profundizando en ese microcosmos,  esa pequeña patria de cada uno puede dar respuesta a los abismos y hambres del ser humano universal: “Pequeñez,  la de mi aldea de infancia,  me parece a mí la de la hostia que remece y ciega al creyente con su cerco angosto y blanco.   Creemos que en la región,  como en la hostia,  está el Todo; servimos a ese mínimo llamándolo el contenedor de todo; y esa miga del trigo anual que a otro hace sonreír O pasar rectamente,  a nosotros nos echa de rodillas”.

Es decir,  hoy ella se la jugaría por un Chile con industria y pymes de propia manufactura,  cooperativo y solidario que se acepta a sí mismo sin complejo,  que rechaza ser parasitado por modelos,  fuerzas económicas,  o intereses de elite,  tantas veces enmascarada por los perversos préstamos “blandos” de los bancos.

 Un Estado frugal con suficiente poder de fomento económico orientado a no permitir ni vida ni salud indignas,  apoyando a lo que hoy es más débil: la lucha contra el desierto,  la redistribución de las aguas,  la protección de los bosques y las culturas nativas,  fuente de salud mental y espiritual.  Hablamos de un Chile que amorosamente se acepta soberano,  mestizo,  andino,  criollo y moreno.  Un Chile autónomo en su industria alimentaria,  orgánico y sin transgénicos.  Un Chile de huertas y jardines,  uno que bajo la Alameda de Santiago camina más lento pero más feliz.  Un Chile que en vez de fomentar un ciber-monday con record de ventas en el Parque Arauco,  celebre allí mismo un nguillatun con record de lluvias y dones para toda la tierra.

“En el comienzo era la tierra,  era la mapu.. No sólo el cielo es la cara de Dios…No hay vigor sin el contacto con la tierra…La tierra es el sostén de todas las cosas y no hemos creado todavía otra mesa que soporte nuestros bienes”.

Zilev Mora Penrose. Escritor, etnógrafo y filósofo

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