Primera Línea: Nuevas tecnologías y represión

Texto: Juan Pérez

En el ya lejano año 1987, durante la dictadura de Augusto Pinochet, se produjo un heroico episodio de la resistencia encabezada por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), consistente en el secuestro de un coronel del Ejército, Carlos Carreño, quien pese a todo el aparataje represivo del régimen, fue recién liberado en Brasil tras 92 días de cautiverio.

Pero en el marco de las investigaciones de la dictadura para dar con su paradero, fue detenida, torturada y exhibida por televisión la joven Karin Eitel Villar, acusada de ser la vocera del Frente ante el secuestro del hasta entonces Director de las Fábricas y Maestranzas del Ejército (FAMAE).

Según la prensa de la época, la joven era la encargada de comunicarse con la familia del militar.

En esos años no existían, al menos para el común de los mortales, los aparatos celulares, y las personas se comunicaban desde teléfonos particulares o, mayoritariamente, desde teléfonos públicos, a los que se accedía pagando con monedas.

Y una forma de actuar de la Central Nacional de Informaciones, la tristemente célebre CNI, consistió en apostar a sus agentes en cada cabina de teléfono público de la comuna de Providencia, desde donde estimaban se producían los llamados a la familia del militar capturado.

Cuando la familia recibía el llamado, se comunicaba por radio y los agentes apostados en los teléfonos públicos observaban quién estaba en esos momentos ocupándolos.

Luego, cuando la comunicación con la familia se cortaba, otro llamado de radio alertaba a los represores para determinar quién colgaba el teléfono público en ese preciso momento. Así fue identificada y capturada la joven.

La tecnología fue puesta en práctica para neutralizar a la resistencia a la dictadura, y esto es una cuestión que se mantiene en práctica hasta el día de hoy y que no debe ser menospreciado por quienes participan de la resistencia actual al modelo, instaurado precisamente en dicha dictadura.

En la actualidad, las ciudades se encuentran repletas de cámaras de vigilancia, públicas y privadas, y resulta difícil pasar inadvertido por mucho empeño que uno ponga en ello.

En consecuencia, de nada sirve usar una capucha si al mismo tiempo se exhibe, por ejemplo en una extremidad, un vistoso tatuaje que permite con facilidad el reconocimiento de una persona mediante el seguimiento de las mismas cámaras, como la instalada sobre la torre del edificio de Movistar y que permite acercamientos casi “íntimos”.

El alcalde de Las Condes, Joaquín Lavín (UDI), se pretendió arrogar hace poco tiempo la instalación de un sistema de seguridad basado en el reconocimiento facial, pero la verdad es que las policías hace mucho que utilizan estas técnicas para investigar no sólo hechos delictivos, sino también a quienes resisten en las calles, por ejemplo, a la Primera Línea.

Por ello, es necesario insistir, no basta con ponerse una pañoleta dos cuadras antes de la manifestación pues las cámaras de vigilancia están disponibles desde mucho antes y será fácil distinguir el rostro de la persona.

Tampoco es bueno ingresar a perfiles de redes sociales que puedan constituir un verdadero “acuario subversivo” para el deleite de quienes, desde las policías, con tiempo y recursos, se dedican a estudiar concienzuda y minuciosamente cada detalle de las escenas de enfrentamientos.

Bien vale entonces concluir esta nota insistiendo en que las cámaras de seguridad existen por cientos, tanto públicas como privadas, que son usadas por las policías con y sin orden judicial, y que por ello hay que tener muy en cuenta esta realidad, para así evitar caer en manos de los aparatos

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