Lucha popular y vocación microbiana

Opinión: Dante Reyes Marín

En este momento especial de la humanidad, en que un agente infeccioso microscópico obstaculiza el histórico avance que transitaba nuestro país hasta hace poco tiempo, resulta importante fomentar la reflexión respecto al rumbo que puede adquirir el proceso político que Chile vive, y vivirá en los próximos meses, así como el impacto que dicho proceso pueda tener no sólo para nosotros, sino para las generaciones venideras.

Creo que en el marco de este foro, no es necesario explicar que los cambios políticos y económicos que se avecinen no dependen de una papeleta en una urna, sino de la lucha que, en distintos niveles, impulsen y mantengan los chilenos en pos de una más justa sociedad.

Y en este mismo sentido, opino que fueron esas luchas, esas marchas multitudinarias del último trimestre del 2019, la heroica conducta de los jóvenes de la primera línea, la sangre derramada por tantos y tantas, las que condujeron a la desestabilización inicial del modelo, que hoy se recompone y se prepara desde sus expresiones gobierno y oposición, para enfrentar el panorama electoral de los próximos meses, y que insisto, podría determinar el rumbo del país por muchas décadas, y esta vez, con el blindaje de legitimidad que le dará probablemente la alta participación ciudadana.

En la nota titulada Espejismo Constituyente, publicada originalmente en el sitio Clarín.cl, y reproducida por El Rodriguista, su autor, a quien no conozco, pero que merece todo mi respeto y atención, señala que  “Una de las características más maquiavélicas que tienen los sistemas de dominación es la de convencer a los dominados y dominadas que las actividades o acciones que se realizan dentro de su marco institucional, para la mantención del status quo, se efectúan en su beneficio e incluso muchas veces es capaz de hacer que sean los mismos oprimidos y oprimidas quienes asuman como propios dichos planteamientos, enmascarando las intenciones reales que se esconden detrás de ellas”.

Comparto este pensamiento y de acuerdo con mi entender, los sectores populares no sólo se enfrentan a Piñera y su régimen, administradores transitorios del modelo, sino a todo el aparataje político hegemónico que ha profitado durante décadas de las cuotas de poder que la institucionalidad vigente les brinda como generosas migajas, premio a la traición.

Coincido también, plenamente, en que el Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución es “un verdadero salvavidas para el gobierno de Sebastián Piñera y el modelo en el que se sustenta, que las masivas y radicales movilizaciones iniciadas con la rebelión popular del 18 de octubre habían puesto en jaque”.

La verdad, coincido con prácticamente todo el artículo Espejismo Constituyente, sin embargo, y en la lógica de que la reflexión y el debate fortalecen la lucha, y no la debilitan, quisiera formular algunas consideraciones que me parecen necesarias de tomar en cuenta, y sin perjuicio de que, legítimamente, se puede disentir o coincidir con ellas.

“Quienes no proponen la sustitución del orden neoliberal sólo pueden plantear –cambiecitos- o –cambalaches-. Quienes no postulen eliminar la supremacía del mercado y el protagonismo del gran capital nacional y extranjero, mitigar la desregulación y modificar las actuales condiciones laborales, no ofrecen soluciones reales”.

Este párrafo, que supongo los lectores de este foro compartimos unánimemente, fue parte del programa de la candidatura presidencial de Gladys Marín en el año 1999, y cuando la fallecida compañera participó del proceso electoral de aquel entonces, obteniendo un 3,19% de los votos.

Ahora, si nos queremos remitir sólo a las candidaturas impulsadas o apoyadas por el Rodriguismo, podemos recordar la de Marcel Claude, en el año 2013, que logró en dicho proceso presidencial el 2.13 por ciento de los votos.

O más recientemente, en 2017, al compañero Eduardo Artés, quien como abanderado presidencial de un sector, también apoyado al menos inicialmente por el Rodriguismo, obtuvo un 0,51 por ciento de los votos.

Me parece importante también, tener en cuenta que en esa última elección primaria presidencial, los candidatos del modelo (CAROLINA GOIC BOROEVIC, JOSE ANTONIO KAST RIST, SEBASTIAN PIÑERA ECHENIQUE, ALEJANDRO GUILLIER ALVAREZ, BEATRIZ SANCHEZ MUÑOZ, MARCO ENRIQUEZ-OMINAMI GUMUCIO y ALEJANDRO NAVARRO BRAIN), obtuvieron sumados, nada menos que el 99,49 por ciento de los votos.

Y como un último dato, el candidato presidencial más reaccionario de todos, el pinochetista Kast, obtuvo 15 veces más votos que nuestro candidato, Artes.

Me pregunto entonces, y si creemos que las actividades o acciones que se realizan dentro del marco institucional existente no  conducirán nunca al beneficio popular, ¿cuál es el sentido de haber participado en dichos procesos electorales, haber reunido firmas y haber levantado incluso candidatos a la presidencia?

Si nos quedamos con la correctísima consideración de que las condiciones para un proceso electoral no son plenamente democráticas y resultan adversas para los intereses populares, entonces me surge la pregunta relativa a cuándo sí lo fueron.

¿Acaso el compañero presidente Salvador Allende poseía una riqueza económica mayor, o igual siquiera, que la de sus adversarios políticos, y que le permitió obtener el triunfo en su cuarta postulación en 1970?

Según yo lo entiendo, fue su riqueza moral la que, en el marco de una lucha popular de décadas, de una acumulación colectiva de experiencias, se coronó con el triunfo del candidato del pueblo, y que, por esa misma consecuencia que supo mantener, fue derrocado en 1973 por los mismos sectores que hoy enfrentamos, más, aquellos cipayos que en el marco de esta democracia secuestrada que hemos vivido por décadas, han arriado sus banderas para sumarse (venderse), a pequeños puestos.

Y el compañero articulista de Espejismo Constituyente nos habla, precisamente de este “engendro de proceso constituyente”, y añade, “que nada tiene que ver con la demanda de una Asamblea Constituyente soberana con protagonismo popular”.

Lo anterior yo lo comparto plenamente, como abogado y profesor universitario de derecho estoy de acuerdo en que no es lo mismo una asamblea soberana que tenga plenas facultades de refundación del esquema institucional de Chile que una convención constituyente, acotada, constreñida y limitada de antemano. De eso no me cabe la menor duda.

La pregunta es si acaso tenemos la fuerza para cambiar eso. ¿Puede nuestro 0,51 por ciento de votos ganarle al 99,49 por ciento obtenido por los candidatos que, en mayor o menor medida, representan la continuidad del modelo vigente?

Y surge entonces otra pregunta. ¿Podemos actuar como el dueño de la pelota y decir que nos marginamos del juego y que por ende este partido no tendrá valor? Y la respuesta es sí. Podemos hacerlo.

El costo, sin embargo, será que el partido eleccionario se jugará de todas maneras, y con una altísima participación popular, pues la opción Apruebo ya está instalada en el sentir de la ciudadanía como alternativa de esperanza.

Pero lo más triste, es que nuestra ausencia ni siquiera será notada. Y ese costo no es menor, pues significa que, más allá de lo que nosotros queramos creer, no somos un actor relevante en la política nacional, y sin perjuicio de que nuestro discurso, muchas veces grandilocuente, se arrogue una representación que, en los datos duros, no es real.

¿Qué hacemos entonces? ¿Hay una alternativa realmente opositora al modelo económico vigente? Mi opinión es que sí la hay, y será aquella que nosotros logremos impulsar.

¿Nos conducirá al socialismo en los próximos meses?, obviamente que no.

¿Nos permitirá al menos realizar cambios estructurales?, no se sabe, dependerá de nosotros.

Si los chilenos van al Plebiscito y después de ganar el Apruebo vuelven confiados a la casa, probablemente las fuerzas en favor de la perpetuación del modelo harán que la nueva Constitución no sea más que un reflejo disimulado de la actual. Gatopardismo puro.

Por eso, desde hace ya tiempo, observo con preocupación que en el imaginario popular se hacen chistes respecto a Piñera y se señala que su gobierno se salvó gracias a la pandemia.

No sé si eso será del todo correcto, pero a mí me preocupa más el cambio del modelo económico que el del gobierno de turno.

¿Acaso las administraciones de Frei Ruiz Tagle, o la del “socialista” Lagos fueron muy diferentes de la que encabeza Piñera? A mi juicio no.

Ahora todos nos reímos de un Lavín autodefinido como socialdemócrata. Y claro, es chistoso, pero también es peligroso creo yo, porque nos hace perder de vista que nuestro enemigo es el modelo político económico con su (armadura llamada “institucionalidad vigente”, y no un candidato en particular.

Y por ello opino, humildemente, que nosotros, los que creemos pertenecer a una izquierda revolucionaria, debemos participar en el proceso plebiscitario que se avecina, y fundamentalmente, en el proceso de elección posterior, aquel en el cual se elegirán los convencionales que definirán la nueva Constitución que marcará el rumbo del país.

Si la Constitución de Pinochet del 80 se ha mantenido por 40 años, ¿por cuánto se va a mantener una Constitución que vote un 90 por ciento de la ciudadanía?, ¿podemos marginarnos de su construcción, o de al menos intentar incidir en su carácter?

Las certezas absolutas que tenía a los 20 años hoy, cruzado ya el medio siglo, se han transformado en un optimismo cauteloso, pero que no significa no aspirar al socialismo y no trabajar en pos de ese objetivo, que, lamentablemente, no está a la vuelta de la esquina, no con un 0,51 por ciento.

Y en esa lógica, considero que no basta con forjar y perpetuar una cultura de secta, de reunirse sólo entre quienes piensan igual y después extrapolar ese micro universo, moralmente gigante, pero casi bacteriano electoralmente hablando, a la sociedad chilena toda.

Eso es iluso e irresponsable, y no alcanza con hacer la tradicional y casi religiosa autocrítica luego de cada estrepitosa derrota. ¿O acaso obtener 15 veces menos que el candidato más duro del Pinochetismo no es eso?

Pero bueno, ¿qué hacemos?

La idea, a mi modo de ver, no es irse para la casa desilusionado del mundo ni tampoco sumarse, como mal menor, a fuerzas que ya hace rato demostraron su felonía, su traición a los intereses populares, incluyendo a muchos de aquellos que, con verdadero desparpajo, aún se atreven a alzar el puño y que en este momento desempolvan banderas rojas para invitarnos a “parar a la derecha”.

Creo, humildemente, que los millones de chilenos que salieron a marchar tantas veces en el último tiempo, lo hicieron impulsados por la desesperación, por el hastío, y por el deseo de decir basta.

Chile despertó fue la consigna, pero esa afirmación tenía un desarrollo más largo, Chile despertó y ya no quiere más AFP, Chile quiere salud y educación pública y digna, Chile quiere para sí a sus recursos naturales y poner fin al monocultivo, Chile quiere una legislación laboral que termine con la explotación sublime de los trabajadores, en fin, una serie de demandas de carácter estructural que son el verdadero leitmotiv del clamor de hombres, mujeres y adolescentes que quizás en otro momento jamás participaron de una movilización callejera.

¿Nos vamos a restar entonces a ese espíritu y a esa fuerza de cambio?

¿Nos vamos a llevar la que nosotros creemos es la pelota del juego y a marginarnos de lo que se venga en los próximos meses?

A mi entender, nuestro deber es fomentar la discusión, promover la la participación tanto en la calle como en las urnas, y mantener en la memoria de los chilenos que lo que se reclamó fueron cambios estructurales, y que mientras ellos no se produzcan, Chile seguirá en estado de movilización popular, con pandemia o sin ella.

Que no queremos convencionales para que sean el simple relevo generacional de los parásitos de la actualidad.

Debemos, creo yo, mantener firme en el inconsciente colectivo, que mientras no exista un Chile más justo, la lucha continuará, en la urna, y en la calle.

 

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