Impresiones y relaciones antes y después del 18 de octubre chileno: historia social y filosofía política. (Alex Ibarra)

Alex Ibarra Peña.

Dr. Estudios Americanos. 

“No puede haber amor donde hay explotación,

no puede haber amor donde hay opresión y tiranía”.

(Luis Emilio Recabarren) 

I.

El llamado despertar político de Chile de Octubre 2019 se puede como un hito del comienzo de superación a los males del escepticismo y del relativismo que nos tenían adormecidos. No hay revoluciones contundentes sin un proceso de concientización de las clases subalternas, como bien lo entendía Francisco Bilbao: “El pueblo, pues obedece a un pensamiento que no es su pensamiento, a una conciencia que no es su conciencia, a una voluntad que no es la suya. ¿Es esto ser soberano?”.

La crisis política que vivimos en Chile es profunda, ya el hecho de que Piñera fuera el candidato de consenso de la derecha, era un signo de la crisis. Las fuerzas políticas de derecha actuaron irresponsablemente al apoyar esta candidatura presidencial, dado los conocidos antecedentes de enriquecimiento ilícito y de evasión de impuestos de él y de sus secuaces. Aunque en esto no es un asunto diferenciador con los líderes del otro sector político que representa al duopolio de la posdictadura. Todos estos políticos tienen cuota de responsabilidad en la defensa del capitalismo salvaje -usando la expresión del filósofo boliviano Luis Tapia- que agudiza la desigualdad.

Los desaciertos de Piñera y de su Gabinete fueron y son el detonante que permitió que una sociedad agobiada estallara, haciendo aparecer las suspendidas divisiones históricas de nuestra sociedad. Cuestión que bien supieron ver en el pasado autores como Francisco Bilbao en “Sociabilidad chilena”, Luis Emilio Recabarren en “Ricos y pobres”, Luis Oyarzún Peña en “Temas de la cultura chilena”, o Tancredo Pinochet en el texto del centenario “Inquilinos en la hacienda de su excelencia” cuando afirma: “El inquilino, resignado, sumiso, ha soportado generaciones de esclavitud”. Siguiendo a Bilbao, se puede decir que en el “Chile despertó” aparece un nuevo sujeto social que recupera su protagonismo político.

Es justo reconocer que no estábamos tan dormidos, la fuerza estaba oculta en el subsuelo, como el magma, ahora aparece en la superficie. Es útil la categoría de abigarramiento de René Zavaleta para comprender el potencial político popular que se manifestaba en la forma de autoridad pública que reclamaba la dignidad en acciones de desobediencia civil buscando una nueva forma de ciudadanía. Recurro a otro autor decimonónico, Fray Camilo Henríquez: “Debe ser una cualidad inapreciable la ciudadanía; ha de ser una dignidad ser ciudadano”, escrito en “Las Provincias revolucionadas de América”, nuestros reclamos en las calles eran: “Basta, nos robaron hasta la dignidad”.

II.

El modelo capitalista tiene larga existencia, en algún sentido impuesto por la Colonia y mejorado por la República cargada de ideología conservadora instalada en la Constitución que aprobó Portales. Los intentos modernizadores han sido siempre fieles al liberalismo imponiendo el ideal de la libertad individual por sobre el ideal de la igualdad, forjándose la sobrevalorización y naturalización de la propiedad privada, protegiendo un régimen heredero del liberalismo, por ejemplo en Andrés Bello esta actitud es clara cuando escribe: “Creemos, pues, que el punto capital a que debe dirigirse la atención de los nuevos gobiernos, es a establecer una administración de justicia, verdaderamente republicana y liberal, carácter que no tendrá mientras que las leyes no sean puntual y escrupulosamente observadas”.  José Carlos Mariátegui en el “Problema de la tierra” aludirá a esto desde una perspectiva crítica: “Y el hecho es que durante un siglo de República, la gran propiedad agraria se ha reforzado y engrandecido a despecho del liberalismo teórico de nuestra Constitución y de las necesidades prácticas del desarrollo de nuestra economía capitalista”. Bilbao había ya dado un grito de alarma con su llamado a la revolución frente a la traición y fracaso de las independencias.

Sin embargo, en nuestros pueblos indios existía otra concepción originaria de organización social. El “buen vivir” (Sumak Kawsay o Suma Qamaña) practicado por nuestros ancestros, excluye los excesivos privilegios de clase, como bien observó Bolívar en la conocida Carta de Jamaica aludiendo al pueblo mapuche: “El reino de Chile está llamado por la naturaleza de su situación, por las costumbres inocentes y virtuosas de sus moradores, por ejemplo de sus vecinos, los fieros republicanos de Arauco, a gozar de las bendiciones que derraman las justas y dulces leyes de una República”. Los actuales pueblos indios, alzados en América, vienen planteando hace rato, una forma de vida alternativa al capitalismo y le han declarado una oposición radical, justificados en el régimen de injusticia brutal que hemos sufrido en las últimas décadas.

Un hito histórico paradigmático está en la historia boliviana de estos últimos años, desde la gestación de la revolución que surge con el encuentro de clases marginadas -la popular y la indígena- que se unen en las llamadas “guerra del agua” y “guerra del gas” que fueron provocadas por el recrudecimiento del capitalismo en manos del genocida Sánchez de Losada que recurrió a la matanza y a la imposición de medidas represivas que violaban los Derechos Humanos, tal cual viene sucediendo en Chile de manera mucho más evidente hasta los meses previos a la cuarentena de la crisis sanitaria.

El país hermano y vecino constituyó una revolución que trajo consigo un cambio profundo en la distribución de la riqueza, con lo cual Bolivia venía superando el problema de la desigualdad -el retorno del ekeko como ha dicho David Choquehuanca- a pesar de la agresiva oposición de los sectores conservadores internos y de los zarpazos externos. Esta revolución sólo fue posible con la unidad de los grupos indígenas y de la clase popular, al decir de Fanon: “los condenados de la tierra”.

En el caso chileno, de los meses pasados, apreciamos una revuelta insurreccional que fue decantando en una dura oposición al programa político de Sebastián Piñera, que trajo algunos triunfos menores, tales como: el cambio del plan de gobierno, el desmantelamiento de parte de su gabinete, la humillación de las clases política y empresarial. Aunque, las grandes reivindicaciones siguen pendientes: el juicio y desafuero de Piñera, la renuncia del Congreso, la instalación de una representación del nuevo pacto social y el urgente cambio de Constitución que permita terminar con el lucro en salud, las pensiones, educación, vivienda y transporte.

Esta vía democrática hacia el nuevo pacto social es familiar a los movimientos revolucionarios indios, con un contenido común: la lucha contra el capitalismo salvaje, reestableciendo formas de vida sin desigualdad social. El encuentro entre fuerzas políticas constituye un gran potencial transformador para alcanzar la liberación superadora de la colonialidad/modernidad.

III.

Es el momento de insistir en la urgencia de un pacto social y el establecimiento de una nueva Constitución que termine con la ilegítima instalada por la dictadura y validada por el pacto Longueira/Lagos. El punto de encuentro de la fuerza constituyente abrió la posibilidad para el ansiado cambio constitucional. La Asamblea Constituyente se venía pensando hace años, de una manera muy diferente al, por suerte, inconcluso intento de Michelle Bachellet, esto bien lo ha explicado el historiador Sergio Grez. Es una vía de superación de la crisis el establecimiento de una Nueva Constitución basada en cabildos vinculantes con ausencia de la clase política corrupta. La otra vía de superación es la revolución, sin embargo esta vía no cuenta con un respaldo ciudadano mayoritario, al parecer por su falta de dirección, no estamos en el momento de la conciencia revolucionaria.

Lo extraño del caso, es que los hechos acontecidos desde octubre, dejaron ver como una contundente mayoría ciudadana se puede manifestar como soberana. En nuestra historia nacional, hay pocos ejemplos en los que una fuerza constituyente se toma el poder desafiando a un Estado injusto y opresor. La historia siempre revela los abusos de esa clase que persiste en no reconocer las legítimas demandas de un pueblo oprimido, ellos con sus armas instalaron la violencia contra las clases más subalternizadas del mundo popular. La banda de “gerentes” vestidos de populistas no demoraron mucho en comenzar la agudización de sus zarpazos brutales, no sólo con los hechos sino que también maltratando con las palabras y los contenidos semánticos que dieron el pie al “estallido” social que abrió la posibilidad a la instalación de la soberanía popular. El pueblo chileno está en pleno proceso constituyente, a pesar de todos los intentos truculentos de los defensores de los privilegios exclusivos. El pueblo ya no sólo protesta, se está organizando para salir de la crisis: “El pueblo ayuda al pueblo” dice el eslogan pandémico. Los saldos de la revuelta han sido las víctimas de la violencia del Estado y el Congreso servil que logró mantenerse en el poder, en palabras de Bilbao: “La delegación de la esclavitud disfrazada de la soberanía. La historia de los Congresos lo comprueba”.

Lo cierto es que el pueblo manifestó su soberanía y ésta se vio negada con el llamado del Congreso a un plebiscito. Sin duda, son escasos los momentos históricos en que la soberanía popular tiene la posibilidad concreta de establecer una democracia directa. Esta vía democrática viene siendo reclamada desde el siglo XIX, por varios autores influenciados por la ilustración, autores como Camilo Henríquez y Francisco Bilbao o Jenaro Abásolo hay claros planteamientos en esta perspectiva.

¿Volveremos a tener nuevamente el momento propicio para el acceso directo a la democracia? Sin ser, en estos momentos un escéptico, considero que la crisis sanitaria ha permitido la reorganización de los poderes hegemónicos. Han seguido sacando ventajas para no perder privilegios. Lamentablemente el escenario se dio vuelta y la democracia se ve limitada.

La protesta ciudadana, hoy suspendida casi totalmente, no ha conseguido ventajas políticas y no se conseguirán sin una mayor radicalización que permita una Asamblea Constituyente con real soberanía popular a favor de los nuevos contenidos políticos: descolonización; despatriarcalización; plurinacionalismo; soberanía alimentaria y de recursos naturales; ley de medios de comunicación; y el no lucro en salud, pensiones, educación, vivienda y transporte. A esto tendrán que sumarse los nuevos representantes del pueblo.

IV.

Las expresiones de las demandas sociales han sido variadas. El arte, sustentado en una sensibilidad estética revolucionaria y solidaria, se ha convertido en un fundamento espiritual que da forma a las nuevas creaciones. El refugio ciudadano estaba en las diferentes producciones culturales, ahí el fruto más palpable del nuevo imaginario. Aún no hemos corrido los cercos de la propiedad, mas se habían recuperado los parques y ganado los muros. Las calles eran un Museo de la Memoria Viva, es importante no borrar esas voces.

En muchas culturas ancestrales la expresión artística es parte de la manifestación de lo sagrado, por eso la presencia de los ritos que celebraban las iniciaciones de los consagrados al oficio. Aquellos sujetos eran reconocidos por el grupo social que se entregaba a las celebraciones vitales de la comunidad. El arte es una experiencia vital que adquiere su sentido al interior de una sociedad que es capaz de sentir. El redescubrimiento de lo colectivo nos permite experimentar prácticas rituales que permanecen en la conciencia, como bien ha escrito el historiador y teólogo Maximiano Salinas hace unos días atrás a propósito del wetripantu: “Ahora nos hemos recogido. Estamos obligados a cuidarnos, a protegernos, a cuidar la tierra (…) Las urgencias del tiempo burgués nos obligaban a olvidarlo”. 

La revolución ha comenzado, y como siempre, es la posibilidad para un nuevo orden, aún no hemos renunciado a la felicidad que nos han negado. Es una tarea pendiente, cuál será nuestra Constitución representativa de una democracia que aporte beneficios para todos y no sólo para los de siempre, los privilegiados. La posibilidad histórica sigue intacta, no podemos renunciar a lo iniciado, mientras ellos siguen en la impunidad y las garantías obscenas para los capitalistas genocidas, tenemos que seguir fortaleciendo nuestra lucha que es nuestra y no de ellos. La conciencia del pueblo chileno, abandonó el lema “por la razón o la fuerza” por el de “hasta que la dignidad se haga costumbre” o en palabras de la Mistral “menos Cóndor y más Huemul”. Vienen los nacimientos de la nueva vida intelectual, espiritual y estética que orientará nuestra nueva forma de existencia colectiva e individual.

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