Gaza: ¿Qué más decir?

Rafael Araya Masry*
¿Qué diferenciaría re publicar algún artículo que escribí durante la denominada Operación Plomo Fundido en 2008-2009, Margen Protector en 2014 o esta denominada Operación Amanecer por la ocupación israelí? En esencia, nada.

Sería la constatación de una realidad que de fondo no cambia, salvo para hacer más oprobioso el hecho de habitar en la Franja de Gaza. Tal vez la diferencia radicaría en la cifra de muertos y heridos, esos eufemísticamente denominados “daños colaterales indeseados” para referirse a ancianos, mujeres y niños víctimas mayoritarias de bombardeos indiscriminados sobre áreas donde viven civiles indefensos, condenados a ni siquiera poder huir de las bombas porque simplemente no hay dónde. Porque no existen refugios anti bombas, tampoco medios de protección civil, insumos médicos en cantidades necesarias, medicina de alta complejidad, nada que ayude verdaderamente a paliar las consecuencias de aquella muerte que viene del aire, de los tanques y los cañones para regocijarse en un territorio cerrado, cercado, acosado como si fuese un coto privado de caza y a merced de la simple voluntad de un estado en cuya esencia, al igual que todos sus gobiernos, no considera como iguales en tanto seres humanos, a una población sometida desde hace 75 años, sin que nada ni nadie amenace seriamente su implacable continuidad y de la que Gaza forma parte.

Quiero recordar aquí que ya en el año 2015, la UNCTAD (Conferencia de Naciones Unidas para Comercio y Desarrollo) advertía que en el año 2020 la Franja de Gaza sería un lugar inhabitable para la vida humana si no mejoraban las condiciones de salud, educación, el agua, la energía, el saneamiento, etc.

Estamos en 2022 y en ese territorio de 262 km2 sobreviven hoy casi dos millones y medio de seres humanos, donde las condiciones de vida son paupérrimas, donde la desocupación sobrepasa el 40% de sus habitantes y sobrellevar el día a día es una meta a lograr.

Sumemos a esto que siendo Gaza una región que tiene unos 40 kilómetros de extensión de costa y donde podríamos suponer que la pesca debería ser una actividad comercial que podría satisfacer la necesidades de muchas familias, nos encontramos con que el Estado de Israel permite el desarrollo de esa actividad solo hasta las 6 millas marinas, siempre con la posibilidad de rebajarlas a 2 si considera que su seguridad “está en riesgo”, ocasión en que las lanchar patrulleras israelíes disparan y hunden las embarcaciones sin siquiera prestar auxilio a sus ocupantes. La mayoría de las veces, sin que medie un aviso previo.

Ellos simplemente disparan.

Y no es sólo que la pesca a 6 millas de la costa sea escasa –que además lo es[1]sino que, y he aquí la perversidad de la medida, cuando fue la Operación Plomo Fundido, entre diciembre de 2008 y enero de 2009, Israel tuvo tres objetivos primarios a ser atacados: la planta potabilizadora de aguas, la central eléctrica y la planta de tratamiento de aguas servidas. Es decir, atacaron y destrozaron la posibilidad de que Gaza tuviera agua potable corriente debidamente tratada, neutralizaron la posibilidad de tener energía y al destruir la planta de tratamiento de aguas servidas, todos los desechos orgánicos e inorgánicos van a parar precisamente al mar, lo que trae también como consecuencia la contaminación de las aguas marinas y, por consiguiente, la contaminación de los peces y las especies que allí habitan. Israel se ha negado a permitir que la planta potabilizadora sea reconstruida o reparada en su totalidad, la planta de tratamiento de aguas directamente no existe y los habitantes de Gaza cuentan con un promedio de 5 horas diarias de electricidad.

Y podríamos extendernos en analizar y profundizar sobre datos estadísticos, estudios, consultorías y trabajos de campo que reafirmarían todo lo evidente. Pero creo que lo medular sigue siendo lo humano, la falta de empatía de un agresor impiadoso e incapaz de ver la humanidad del otro, pero al final, en desmedro de la propia. Lo reafirma la declaración de Israel como Estado Nación del Pueblo Judío, colocando desde el vamos la diferenciación entre lo judío y lo que no lo es. Se llama apartheid. La necesidad del sionismo de llevar adelante sus premisas fundacionales, colocan necesariamente todo lo demás en un plano secundario. Conquistar la mayor cantidad de tierra posible con la menor cantidad de habitantes originarios sigue siendo un mandato ideológico ya pregonado por Ben Gurión y continuado a rajatablas por todos sus sucesores, sin excepción.

Porque cuando hubo uno que, como Yitzhak Rabin, que quiso establecer seriamente negociaciones de paz con los palestinos, el extremismo judío simplemente lo asesinó, sepultando una posibilidad viable de solución negociada, que terminó transformándose en un boomerang y en una verdadera ancla para cualquier proyecto de resistencia. Y la realidad es indesmentible. Hoy, en los territorios de la Ribera Occidental y en la región de Jerusalén, existen casi 700 mil colonos instalados en tierras palestinas.

¿Qué queda entonces para decir de esta nueva agresión israelí contra Gaza? Que es la continuación del proceso de limpieza étnica que comenzó con la partición de Palestina.

Solo queda luchar y esperar a que la comunidad internacional, la misma que dio origen al problema, ofrezca e imponga las soluciones de acuerdo a la ley internacional. Israel, al amparo de los EEUU y con su anuencia, se ha transformado en un estado paria ajeno a las capacidades de coerción del concierto de las naciones. Entonces, será hora de revalidar el derecho a resistir al ocupante por todos los medios al alcance del pueblo palestino. La libertad, la autodeterminación y el derecho a existir como estado y como pueblo, nunca se regalaron. Se ganaron en la lucha cotidiana contra el agresor.

Notas:

* Presidente de la Confederación Palestina Latinoamericana y del Caribe, COPLAC y Diputado miembro del Consejo Nacional Palestino.

 

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