Coronavirus: Receta para apaciguar el estallido social

Dante Reyes Marín

La pandemia que hoy vive el mundo, indudable desde el punto de vista sanitario, y dejando de lado cualquier debate respecto a su origen, constituye una verdadera oportunidad para apaciguar los ánimos de las poblaciones azotadas por la pandemia del neoliberalismo, y que en ese marco se encontraban hasta hace muy pocos meses en verdaderos procesos de rebeldía o estallido social.

No obstante lo anterior, qué duda puede caber respecto a que el coronavirus conlleva efectos desastrosos para las economías y que el mundo no será igual una vez superada esta terrible enfermedad que se ensaña especialmente con los más pobres.

Sin embargo, aún nos enfrentamos a otra amenaza que de seguro vendrá, la del chantaje emocional a las masas, basado en los efectos del coronavirus y en la necesidad imperiosa de que prime la racionalidad en las demandas que se planteen para el futuro.

Programas noticiosos, matinales encabezados por sus más destacados “rostros”, (incluido el llanto de hermosa animadora) y hasta afamados reportajes periodísticos nos hablarán respecto a la crisis desatada, y a los esfuerzos a los que se verán enfrentados todos, desde los gobiernos, pasando por los empresarios (agobiados por las pérdidas) y para llegar al más humilde de los trabajadores.

Todos en un esfuerzo común, nos bombardearán incesantemente los medios, deberemos trabajar por la reconstrucción de nuestras economías, dejando de lado los egoísmos y las legítimas pero no no oportunas aspiraciones sectoriales, para poder superar a la pandemia, que resaltarán sin duda, ha dejado en el mundo tantos millones de muertos.

La pandemia se convertirá entonces en sustrato, en un fértil abono para naturalizar la precarización, para ahondar en las condiciones de miseria y explotación en que se desenvuelven millones de trabajadores no sólo en Chile sino en todo el mundo.

El informe de Coyuntura Laboral en América Latina y el Caribe del primer semestre del 2019, muy anterior al Covid 19, advierte respecto a un aumento de la informalidad laboral “tanto por la debilidad en la generación de empleo asalariado como por la informalización de empleos existentes”.

“En muchos casos las nuevas formas de trabajo se desarrollan fuera de las regulaciones existentes, de manera que estos trabajadores no gozan de los derechos laborales y sociales establecidos por la legislación correspondiente”, agregaba además el informe elaborado por la Cepal y la OIT en mayo del 2019.

En el informe de mayo de 2020, en tanto, los mismos organismos internacionales advierten que las medidas de confinamiento y de contención para hacer frente al COVID-19 amenazan con aumentar los niveles de pobreza relativa de los trabajadores de la economía informal a escala mundial, que podrían alcanzar 56 puntos porcentuales en los países de bajos ingresos.

Y añaden que en los países de ingresos altos, los niveles de pobreza relativa entre los trabajadores informales podrían incrementar a 52 puntos porcentuales, mientras que, en los países de ingresos medios-altos, el aumento se estima en 21 puntos porcentuales.

Además, lamentan que, en numerosos países, las medidas de contención del COVID-19 no pueden ser aplicadas eficazmente porque estos trabajadores necesitan trabajar para alimentar a sus familias. Esto compromete los esfuerzos de los gobiernos dirigidos a proteger a la población y luchar contra la pandemia y pueden convertirse en fuente de tensión social en países con una importante economía informal.

En conclusión, las medidas de contención que se deben adoptar para frenar el avance del Covid 19 son frenadas por las condiciones de precariedad de los propios trabajadores, que en ningún caso se vinculan con la explotación laboral o la pobreza. El problema surge casi por generación espontánea o por causas intrincadas y exógenas en las cuales el empresariado voraz no tiene responsabilidad alguna. Así es y será sin duda la explicación mediática.

Chile despertó en octubre del 2019 y millones de personas salieron a la calle para reclamar por cambios estructurales que pongan fin a las condiciones de indignidad y explotación sublimes que los golpean a diario.

Fin de las AFP, salud y educación públicas de calidad, jubilaciones y pensiones dignas, salarios decentes, en fin, numerosas y legítimas reivindicaciones que pusieron en serios aprietos a la clase política hegemónica y especialmente al gobierno de Sebastián Piñera, al que algunos, inocentemente creen único responsable de la situación.

La lucha callejera y la manifestación multitudinaria de los chilenos llevó a que se lograra la posibilidad de un cambio en la Constitución Nacional, legalmente un ancla, el punto de amarre en torno al cual el país puede moverse.

Se fijó la fecha para abril de 2019, pero las conocidas razones de la pandemia que vivimos llevaron a su aplazamiento para el mes de octubre de 2019, es decir, para dentro de seis meses más.

Sin embargo, ya hay voces que se manifiestan contrarias a la realización de dicho Plebiscito, con el argumento antes citado del momento de crisis que vive el país y de la necesidad de concentrarse, unidos, en la recuperación económica del país.

Ya el ministro del Interior, Gonzalo Blumel, sugirió “racionalizar el cronograma electoral” mientras el presidente Sebastián Piñera, dijo “que quizás la recesión económica va a ser tan grande, va a poner tantos desafíos a todos los países, incluyendo a Chile, que este es un tema que quizás se va a volver a discutir”.

En virtud de lo anterior, y guardando siempre los recaudos necesarios por la enfermedad, es imprescindible que los chilenos estén alertas a la posibilidad cierta del engaño, de que el Coronavirus se transforme en la excusa para torcer la voluntad popular y de que la rabia colectiva contenida por millones durante décadas se apacigüe con un hipócrita discurso de racionalidad.

Y en esta lógica del engaño, fundamental es estar también alertas de aquellos que, cómplices del saqueo al pueblo y sus riquezas, esperan como dijera Allende, “con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios”.

En Chile los malls pueden funcionar y hasta comandos boinas negras del Ejército vigilan las calles para resguardar “el orden”, pero las urnas, para decidir colectivamente los destinos del país, están cerradas, y su destino hasta ahora, es incierto.

“La revolución no es una manzana que cae cuando está podrida. La tienes que hacer caer”, enseñó una vez el Che.

 

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