¿Qué hay detrás de la intensificación de la guerra israelí contra la bandera palestina?

A ambos lados de la línea verde la escalada de los ataques israelíes contra la simple visión de banderas palestinas traiciona la inseguridad de su proyecto colonial.

Uno de los momentos más absurdos que he presenciado durante mis muchos años de participación en manifestaciones semanales en el barrio Sheikh Jarrah de Jerusalén Oriental ocurrió hace varios años. Un joven palestino, que sostenía una pequeña bandera palestina, fue perseguido por cinco agentes de policía israelíes armados hasta los dientes. Uno de los agentes de policía incluso se subió a un poste eléctrico para tratar de atrapar al niño, mientras las y los manifestantes y espectadores se reían carcajadas.

Al ver cómo se desarrollaba esta extraña escena frente a mí, me preguntaba qué podría empujar a los agentes de policía a degradarse hasta el punto de perseguir a un niño, especialmente después de que un tribunal israelí dictaminara que era perfectamente legal enarbolar una bandera palestina ¿Qué hay en esta bandera que vuelve locos a los israelíes?

Este problema ha resurgido en las últimas semanas, durante las cuales han aparecido vídeos casi diarios en las redes sociales, que muestran a colonos retirando banderas palestinas en la ciudad de Huwara, en Cisjordania, cerca de Nablus, bajo la protección de soldados israelíes armados. La intensidad de las reacciones de la opinión pública israelí y de varias instituciones públicas a la vista de la bandera palestina da la impresión de que este trozo de tela, con sus cuatro colores, amenaza la existencia misma del Estado de Israel.

La locura de la bandera israelí se intensificó en el funeral de la periodista palestina Shireen Abu Akleh, cuando la policía irrumpió en el funeral y atacó a los portadores del ataúd para desgarrar las banderas palestinas usadas por la gente de luto. La policía sabía muy bien que todo el mundo estaba observando, pero la locura, al parecer, ha tenido prioridad sobre cualquier apariencia de sentido común.

Esta enfermiza obsesión por la bandera palestina no se limita a la Jerusalén Oriental ocupada, que Israel considera parte de su «capital unida» y, por lo tanto, es particularmente sensible a la aparición en esta ciudad de símbolos nacionales palestinos, sino que también se ha extendido dentro de la línea verde. Las y los estudiantes palestinos que a principios de este mes conmemoraron el Día de la Nakba en sus campus con banderas palestinas, como todos los años, fueron objeto de ataques verbales y físicos por parte de activistas de derechas y policías.

Después de la ceremonia del Día de la Nakba en la Universidad Ben-Gurion, el alcalde de Be’er Sheva, Ruvik Danilovich, escribió a la administración de la universidad que se sentía «conmocionado  y avergonzado” debido a que “habían sido izadas orgullosamente banderas palestinas”. El ministro de Finanzas, Avigdor Liberman, dijo que consideraría la posibilidad de reducir el presupuesto de la universidad. El diputado del Likud, Israel Katz, advirtió a los estudiantes palestinos que «recordaran la Nakba», como para amenazarlos con una nueva expulsión masiva.

Si todo esto se puede interpretar a través de una ansiosa lógica sionista de defender la soberanía, cada vez es más difícil explicar cómo la locura invade a las y los colonos y soldados israelíes en los territorios ocupados, donde Israel, al menos oficialmente, no reclama soberanía. Cuando los colonos arrancan repetidamente banderas palestinas de las ciudades palestinas de Cisjordania, no tiene nada que ver con apelar a sus fronteras soberanas.

Entonces, ¿cómo se puede entender esta locura? ¿Cómo podemos explicar la violenta reacción israelí al ver la bandera palestina en manos de un niño palestino en  Sheikh Jarrah, o llevada por personas de luto en una ceremonia fúnebre, o izada por estudiantes el Día de la Nakba, o colgada en una farola en Huwara?

La primera explicación posible está relacionada con los mecanismos de control que el sionismo requiere para su propia existencia. Desde su creación y hasta hoy, el sionismo nunca ha tratado de existir en pie de igualdad con la población palestina. Más bien, aspiraba a derrotar a las y los palestinos, material, culturalmente y en términos de identidad, y a heredar su tierra. El primer paso fue la represión física: expulsiones masivas, transformación de cientos de miles en refugiados, asesinatos y masacres, expropiación de tierras. Quienes permanecieron en lo que se convirtió en el Estado de Israel tuvieron que enfrentarse a restricciones de movimiento, guetización y discriminación flagrante.

Después de aplastar materialmente a las y los palestinos, Israel continuó la guerra contra su cultura e identidad, principalmente a través de la legislación y los presupuestos. La ex ministra de Cultura Miri Regev llevó esta guerra a un nivel superior cuando ordenó el cierre del Teatro Al-Midan en Haifa, el teatro palestino más grande de Israel, y cuando El-Hakawati, el Teatro Nacional Palestino de Jerusalén Oriental, fue obligado a doblegarse. La Knesset ha adoptado leyes como la Ley del Estado-nación Judío y la Ley sobre la Nakba, que restringen lo que es aceptable que los palestinos digan o estudien. Fue precisamente esta guerra cultural la que llevó al poeta palestino Dareen Tatour a prisión por sus poemas.

Estas leyes ciertamente han dañado la vida de la ciudadanía palestina, pero probablemente no han podido borrar su identidad nacional, y el sionismo simplemente es incapaz de entender esto. A pesar del incomparable poder militar, legislativo y administrativo de Israel, las y los palestinos siguen siendo fieles a su identidad. Israel no ha sido capaz de destruir esta conciencia nacional profundamente arraigada, encarnada en un trozo de tela de cuatro colores. Y precisamente por eso  la bandera palestina vuelve loco a Israel.

La segunda explicación posible proviene de la necesidad desesperada de Israel de mantener a un enemigo, lo que le permite hacerse pasar por una víctima eterna frente a una amenaza existencial. Es precisamente esta posición la que proporciona a Israel sus justificaciones morales para cometer crímenes contra los palestinos. Pero, ¿existe realmente tal amenaza? Israel firma acuerdos con los países árabes, desde los Emiratos Árabes Unidos hasta Marruecos; la llamada amenaza iraní ha perdido su valor, porque Occidente, en la era posterior a Trump, prefiere el diálogo con la República Islámica en lugar de una demostración de fuerza; y la resistencia palestina no representa un peligro para la existencia del estado israelí.

Las manifestaciones en Cisjordania se reprimen regularmente, Hamas está lejos de tener la capacidad militar suficiente como para presentar una amenaza existencial para Israel, la Autoridad Palestina funciona como subcontrata oficial de la ocupación y los partidos palestinos de izquierdas que ofrecen una alternativa al Fatah y a Hamas son aplastados por las fuerzas israelíes y palestinas. En una realidad así no es sorprendente que Israel declare la guerra a un símbolo. En ausencia de cualquier amenaza existencial real, la propia bandera se convierte en el enemigo.

Mientras Israel intensifica su guerra contra la bandera palestina, siente la necesidad de enarbolar su propia bandera con aún más vigor. En el sentido más profundo, se trata de dos aspectos de un mismo problema, el sentimiento de inseguridad que hierve bajo el manto cruel del poder y de la potencia.

La marcha hipernacionalista anual de banderas por el corazón del barrio musulmán de Jerusalén, que [tuvo lugar] el domingo, no es un signo de poderío, sino de debilidad de un país que sabe que su presencia en esta zona no es natural, y que está obligado por tanto a gritar alto y fuerte para que todo el mundo le oiga. Así como sus ataques a la bandera palestina no son un signo de poder y soberanía, sino de la debilidad de un proyecto colonial que, incluso después de más de siete décadas de opresión, despojo y masacres, no ha logrado erradicar la identidad del pueblo indígena sobre su tierra.

Orly Noy es editora de Local Call, activista política y traductora de poesía y prosa persas. Es miembro de la junta ejecutiva de B’Tselem y activista del partido político Balad. Sus escritos tratan de las líneas que se cruzan y definen su identidad como Mizrahi, mujer izquierdista, mujer, una migrante temporal que vive dentro de una inmigrante perpetua y el diálogo constante entre todo ello.

Artículo original: Mekomit traducido al inglés: +972 Magazine

Traducción al castellano: Faustino Eguberri para viento sur

 128 total views,  4 views today