Fuga desde la cárcel de La Serena, 21 de marzo de 1990

Por: Luis Vega

 

Existe la memoria de la derrota permanente, la del duelo permanente, pero también tenemos la memoria de la dignidad, la del ejemplo, la de la lucha, la que deja huellas, la que no olvida. Con estas últimas memorias recuerdo hoy los hechos en la cárcel de la Ciudad de La Serena, que comenzaron aquel día martes 20 de marzo de 1990.

 

Sólo nueve días antes asumía el primer gobierno de la “Concertación de Partidos por la Democracia”, dando inicio a una transición pactada que tranzó con el dictador y el gobierno norteamericano la mantención del modelo neoliberal y en el caso nuestro, los presos políticos que nos levantamos en armas contra la opresión, quedaríamos en las cárceles y seríamos tratados como terroristas, presos que Amnistía Internacional reconocía y calificaba como prisioneros de guerra.

 

Nueve éramos los que nos encontrábamos en esa categoría en esta cárcel del norte de Chile, dos mujeres y seis hombres. Sabíamos que la democracia no llegaría para nosotros y que deberíamos seguir el ejemplo de los 49 compañeros que se fugaron por un túnel de más de cien metros desde la cárcel pública de Santiago hacía poco más de un mes.

 

Ese 20 de marzo, a las 5 de la tarde fue el encierro en las celdas, hasta la 8 de la mañana del día siguiente. La decisión estaba tomada desde siempre, solo faltaba el día y la forma que debíamos fugarnos. Éramos combatientes algunos con muchos años de experiencia operativa, no podíamos dejar nada al azar, debíamos aplicar todos nuestros conocimientos adquiridos en la lucha: el secreto, la sorpresa, la compartimentación, las variantes, los imprevistos y la planificación minuciosa.

 

Sólo seríamos dos, una mujer y un hombre. También sería una de las más audaces misiones en las que había participado, fugarse a plena luz del día pasando por las propias narices de los gendarmes que nos custodiaban a diario, atravesando varios anillos de seguridad hasta alcanzar la calle. Pero sabíamos desde un principio que no podríamos hacerlo solos.

 

A las 8 de la mañana del 21 de marzo, en la prisión suena el pito de desencierro, los presos comunes y políticos éramos trasladados a los patios hasta la 5 de la tarde. Nuestra salida era antes que la de los demás presos. Caminamos hasta la reja del óvalo, un lugar circular donde conectaban todas las galerías y patios. Lo atravesamos como de costumbre, caminamos en silencio, los gendarmes nos abrieron las rejas en forma rutinaria para que llegáramos a nuestro destino, el patio de los presos políticos. Una sensación extraña me embargaba, el repasar los detalles, pensar como irían los preparativos del grupo exterior, consumían mis pensamientos.

 

En el patio además teníamos nuestro comedor, cocina y el taller de artesanía, un lugar de 30 por 15 metros. Desde allí saldríamos hacia el lugar de las visitas con familiares y amigos, que era un espacio mucho más pequeño donde cabían poco más de 50 personas.

 

La cárcel de La Serena era un recinto diseñado para trescientos presos que ya tenía una población de más de mil reclusos hacinados en varios patios y celdas de reclusión. En ese mar de personas sabíamos del plan de fuga solo tres compañeros: Luisa Fuentes, José Vega, uno de los presos más antiguos, y yo. Nuestro plan estaba dividido en dos etapas que se desarrollarían en forma paralela. Una, al interior, que era parte de nuestra planificación. Del plan exterior, que era realizado por las Juventudes Comunistas y el grupo de apoyo Rodriguista, sólo sabíamos que durante la vista ingresarían con vestuario, pelucas, lentes y todo requerido para las caracterizaciones.

La tarea principal hasta la hora de la vista, a las 2 de la tarde, sería mantener la normalidad.

 

De los nueve presos políticos, tres éramos los más complicados judicialmente pues estábamos acusados de ser parte del desembarco de 10 toneladas de armas en Carrizal Bajo y, además, de ser parte de la red de acopio y distribución de explosivos entre pirquineros que colaboraban con la lucha armada contra la dictadura, la cual dirigí hasta ser detenido. En mi caso nada logró la CNI con la tortura, ni la fiscalía militar con sus interrogatorios, solo pudieron saber que yo era el Jefe de Abastecimiento del norte chico. El trabajo de compartimentación y las rigurosas medidas de seguridad, permitieron que nuestras detenciones no hicieran más estragos en nuestra organización.

 

Tomamos desayuno como de costumbre. Lo primero que debíamos resolver con José era comunicarles a Juan Céspedes, a Juan López y a Luis Donoso, que nos fugaríamos y que teníamos que asignarles tareas durante la visita. Lo cierto es que reaccionaron de muy buena forma, dispuestos. A Castillo Vilches, el de mayor edad militante del partido, sin saber de la fuga, le dimos la tarea de salir con los implementos ocultos para el corte de pelo y maquillaje, le dijimos que era para una obra de teatro que haríamos durante la visita y que debían pasar los controles de los gendarmes. Nos quedaba Jorge González, la verdad es que estaba pasando un mal momento emocional y lo mejor sería que no supiera porque podía poner en peligro el plan. A Yaniza Tapia le comunicaríamos durante la visita, sería nuestra peluquera ya que esa era su profesión. Era una frágil y joven militante de la Jota y, aunque evaluamos que el quedarse sola sería un golpe muy grande para ella, no teníamos certeza de cómo reaccionaría.

 

A las 10 de la mañana nos llegó un “correo” en una caluga -diminuto papel con información, envuelto con muchas capas de adhesivos, que viajaba entre presos-. Luisa lo enviaba preguntando si realmente nos fugaríamos. Lo cierto es que, en la visita anterior, únicas ocasiones donde nos reuníamos con las compañeras presas, le habíamos comunicado que así sería y le dimos la instrucción de cómo debía vestir aquel día y que por nada del mundo debía decirle a Yaniza, de eso nos encargaríamos nosotros pues la compartimentación y el secreto de la misión era lo más importante para lograrlo con éxito.

 

Ya a esa hora del día todo se hacía lento, solo quería que el tiempo pasara rápido. Recuerdo que me tocó hacer el almuerzo, fueron tallarines con salsa. Comimos sin contratiempos, sólo quedaba el rito de todas las visitas: la ducha y la mejor pinta para salir bonitos con algunos regalos de artesanía que realizábamos.

 

Ya estábamos en disposición en el patio, sólo quedaba que nos llamaran. Salía el que tuviera visita y eso lo teníamos garantizado con el grupo de apoyo externo, para que nadie se quedara sin salir. Así nos fueron llamando uno por uno, allá nos encontraríamos con nuestras dos compañeras, ya que era el único momento donde nos juntaban.

 

Además de quienes nos visitaban regularmente, también llegaron los convocados. Públicamente se invitó a una visita masiva para exigir la libertad de todos los presos políticos de la ciudad de La Serena. Se suponía que había llegado la democracia, pero aún seguíamos en prisión. Los grupos de apoyo externo eran la JJCC, los Rodriguistas, conformado en su mayoría por compañeras y compañeros estudiantes universitarios. Era uno de los grupos más cercanos a nosotros, era como un brazo más de nuestra organización interna, eran nuestros representantes en el exterior, nuestros oídos y ojos afuera de las murallas que nos recluían. Por último, los familiares de los presos políticos que nunca se enteraron de la misión por razones de seguridad.

 

Ingresamos al recinto, Luisa y Yaniza ya estaban allí. También estaba el encargado de las Juventudes Comunistas, que tenía que asegurar gran parte del plan. En ese momento nos comunica que hay un inconveniente, nos dice: “El Partido no está de acuerdo con la fuga y pide que la suspendan y nos prohibió que participáramos como Jota, pero nosotros no los dejaremos solos, está todo listo afuera, si es que deciden continuar con la fuga”. Sabíamos que el partido estaba comprometido con la transición en el marco que estaba siendo impuesta y podíamos ser sacrificados manteniéndonos en prisión por largo tiempo. Este escenario no fue novedad para nosotros por eso le pedimos a la Jota que comunicara al partido en el último momento, por seguridad y por consideraciones políticas, cuando ya estuviera todo consumado.

 

Lo cierto es que José y yo teníamos un gran prestigio e influencia sobre muchos jóvenes, lo que era una ventaja enorme en esas circunstancias. Nuestra respuesta fue clara y categórica, continúa la misión y la fuga va. El derecho a la fuga es universal así que ni el partido ni nadie nos impediría hacerlo. Así también lo entendían nuestros compañeros del exterior. Inmediatamente el representante de la Jota sale a dar las instrucciones pertinentes a quienes estaban en el exterior. El plan seguía en marcha, el aspecto político estaba garantizado, la convocatoria a una vista masiva tuvo una gran acogida, poco a poco se fue llenado el pequeño recinto. Además, fuera de la cárcel se empezó a gestar una manifestación de apoyo y es en ese instante cuando se rompe el secreto. Ya no son sólo los que participan con misiones específicas. Frente a la cárcel estaba la Universidad de La Serena, que era parte del plan. En ella se empezó a correr la voz de que habría una fuga de presos políticos y que había que ir apoyar. Así el número de personas aumentaba considerablemente, sin enterarse los gendarmes, el plan en el exterior se iba cumpliendo de acuerdo a lo planificado. Más de 100 personas congregadas afuera y la visita llena.

Al interior, en el pequeño patio, nuestro plan también avanzaba. Lo primero era neutralizar a un gendarme que se encontraba resguardando la puerta de acceso a la visita, para que no se diera cuenta de lo que empezaría a suceder. Un par de compañeras tenían la misión de distraerlo hasta que pudiésemos salir. Un momento dramático fue cuando le contamos a Yaniza de la fuga. Se dio cuenta que quedaría sola, lloró por un momento y luego se repuso para acceder a ser nuestra peluquera y maquilladora.

Los imprevistos son parte de un plan como este, no llegó la peluca ni los lentes. A pesar de esos inconvenientes, todo estaba dispuesto, afuera de la cárcel una gran manifestación, la vista repleta, cada uno con sus misiones, el gendarme neutralizado con un par de compañeras que conversaban con él para que no se diera cuenta de cómo, en el otro extremo del pequeño recinto, el grupo habitual tomando mate y riendo, iniciaba el corte de pelo y barba, cambio de vestimenta, lentes ópticos de una compañera que se los pedimos prestados. Luisa, con nuevo corte de pelo, maquillaje y falda ajustada. Así, en pocos minutos, ya no éramos los mismos a simple vista. El trabajo de caracterización quedó extraordinariamente bien y no podía ser de otra forma. A esa altura casi todas las visitas se percataron de lo que estaba sucediendo. En el asombro, tocó hacer contención a algunos de los familiares que se encontraban presentes.

Tocaba moverse rápido, eran momentos cruciales y de mayor tensión. Se da la orden de salida con una columna de alrededor de 30 personas. Dentro de los primeros íbamos Luisa y yo, tocamos la puerta de latón y alguien dice “Vamos a salir”. Se siente el chirrido de la cerradura, “Nos vamos”. Allí estamos, de frente entre dos gendarmes, una mujer y un hombre que eran los encargados de revisar a las visitas cuando entraban al recinto. La gendarme avanza al otro extremo de ese cuarto pequeño de 2×1 mts. e indica en la otra puerta “Van a salir”. Vuelve ese estremecedor sonido y todos juntos atravesamos la nueva puerta. Ya estábamos en lo que se llama “la segunda reja”, la penúltima antes del portón de la calle.

A lo lejos se podía ver a dos gendarmes sentados en una mesa y otro en la puerta de salida. En la pared, al costado de la mesa, un estante con muchos pedazos de madera enumerados que se le entregaba a cada visitante luego de registrarse en un libro con su nombre y a quién iba a visitar. El carné de identidad quedaba en esos pequeños compartimentos. “Salen”, dice el gendarme y toma su manojo de llaves y abre la segunda reja. Avanzamos esos 20 o 30 metros para llegar a la puerta de la calle.

Al último control debíamos llegar de los primeros Luisa y yo, y entregar las maderitas con los números que habíamos duplicado. Claro, nuestros carnés no estarían allí para poder salir. Mientras avanzábamos los últimos metros, se sentían más fuertes los gritos y consignas de apoyo a nuestra causa. El gendarme apostado en la puerta de salida la tenía a medio abrir, así que se divisaban la calle y las personas.

Allí estábamos, a unos pasos de la libertad, nosotros frente la mesa con los dos gendarmes y la repisa con los carnés. Nos agolpamos en forma desordenada. Luisa pasa su madera, veo como en cámara lenta que el gendarme se da vuelta a buscar el carné que no existía. Casi en forma simultánea trato de pasar mi tabla, el gendarme no la recibe, la suelto, cae al suelo. El segundo gendarme se agacha para recogerla, la fila se había roto, todos tratando de pasar sus tablas, se arma un griterío, se desconciertan los gendarmes, el de la puerta grita “a ordenar la fila”, trata de cerrar la puerta que estaba a medio abrir, pongo el pie obstruyendo la puerta, hago avanzar a Luisa, me apego a ella logrando quedar fuera y el propio gendarme cierra tras nosotros la puerta y abre la libertad. Caminamos hacia la esquina donde había un compañero que nos esperaba para seguir con la segunda parte del plan, ya en libertad.

Luis Vega otoño del 2021

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