Acuerdos Internacionales: Los amarres de la nueva Constitución

Dante Reyes Marín.

Los acuerdos internacionales, que Chile ha suscrito por decenas en las últimas décadas, ¿pueden ser modificados por los redactores de una nueva Constitución?

Primero, es necesario diferenciar, pues no es lo mismo la correcta sujeción del Estado de Chile a un acuerdo internacional, como la Convención de Derechos del Niño, o a un tratado de derechos sociales y culturales, que a un acuerdo comercial, que entrega determinada concesión, o que garantiza un negocio suculento para un grupo empresario nacional y/o internacional, y a costa de los intereses generales de la población.

Existe en derecho lo que se denomina Principio de progresividad y prohibición de regresividad en materia de derechos humanos, lo que significa que los derechos que ya han sido reconocidos en un texto normativo no pueden eliminarse, restringirse, ni disminuirse.

Por ejemplo, Chile no podría volver a aplicar la pena de muerte, o a las 12 horas de jornada laboral, o al trabajo infantil. Y eso, quién podría discutirlo, está muy bien.

¿Pero qué sucede con los acuerdos comerciales que el Estado de Chile ha suscrito, y que llevan a la depredación implacable de los recursos naturales, o a la desertificación del territorio. ¿Se deben respetar?

El Capítulo XV: Reforma de la Constitución y del Procedimiento para Elaborar una Nueva Constitución de la República, que condiciona los alcances para los constituyentes que sean electos, señala en su artículo 135: “El texto de Nueva Constitución que se someta a plebiscito deberá respetar el carácter de República del Estado de Chile, su régimen democrático, las sentencias judiciales firmes y ejecutoriadas y los tratados internacionales ratificados por Chile y que se encuentren vigentes”.

¿Pero qué pasa si esos acuerdos no le convienen al país?, ¿qué sucede si esos acuerdos generan un daño irreversible a la naturaleza, o a la flora y fauna? ¿Hay que mantenerlos igual, aunque empobrezcan, aunque desertifiquen nuestros suelos?

Al diario La Tercera, el ex Canciller y doctor en Derecho, Teodoro Ribera, dijo a propósito de una eventual nueva Constitución, y puntualmente sobre la capacidad deliberativa de los constituyentes, que “no es una que vaya a ejercer un poder total, absoluto y dictatorial. Sino que tiene un poder que tiene algunas limitaciones derivadas de la Constitución actual”.

¿Significa esto entonces que la Constitución actual va a imponer condiciones a la nueva Constitución?. La respuesta es sí. La institucionalidad vigente se resguarda, se parapeta legalmente, y para no ser avasallada por el interés nacional. Está, no hay que olvidarlo, para servir al interés empresario. ¿No es acaso ese el Chile que conocemos?

Precisamente, Víctor Manuel Avilés, profesor de derecho constitucional de la Universidad de Chile, a través de EMOL, El Mercurio On Line, recordó que “este mismo proceso constituyente en la normativa que se introdujo para habilitarlo, establece que no se deberán desconocer los tratados internacionales en general, y me parece que desde ese punto de vista uno podría entender que en la medida que el derecho de propiedad está consagrado en los tratados internacionales, no debería desconocerse”.

La libertad de los constituyentes que resulten electos para elaborar una nueva carta fundamental va a estar, sin duda alguna, constreñida, amarrada todavía, a la Constitución actual.

Y esto es así porque la oligarquía chilena, la clase dirigente y sus cipayos de la Concertación, la Nueva Mayoría y otros bloques más, no están dispuestos a transformar a Chile en una sociedad plenamente democrática. Pareciera horrorizarles el poder popular y lo que de él pueda surgir.

Por eso, se juntan, logran acuerdos entre cuatro paredes, ponen límites que marcan la cancha, y que mantienen gruesos y estructurales trazos del esquema institucional y económico que garantiza la perpetuación del Chile actual, y su nefasto modelo egoísta y neoliberal.

¿Podrán entonces los constituyentes elaborar una carta magna que conduzca a nuestro país a mayores cuotas de justicia social?

Dependerá en primer término de elegir a convencionales constituyentes que realmente quieran cambiar a Chile, que no acepten deliberar con un rayado de cancha previo, que se rebelen ante la engañosa opresión disfrazada de norma jurídica.

También dependerá de que quienes elijamos no sean simplemente el recambio generacional de los mismos políticos que han gobernado o cogobernado a Chile en las últimas décadas. El hijo de este, o el nieto de ese otro. Y los chilenos tenemos muy fresco en la memoria qué partidos se han hecho cómplices del modelo.

Y si logramos elegir a convencionales honestos, cosa que por lo demás será difícil, dado el actual esquema eleccionario para estos cargos, el éxito de su esfuerzo va a depender también, y en medida fundamental, de la movilización popular que neutralice al sacralizado estado de derecho puesto en vilo en las calles, y que a la postre, logre torcerle la mano a la institucionalidad vigente.

El camino ya comenzó, se inició con entusiasmo, con esperanza y con sangre, el 18 de octubre del 2019. Pero el camino es largo, y en su recorrido muchas cosas pueden pasar.

No por nada las fuerzas represivas han adquirido nuevos equipamientos para neutralizar el reclamo popular. Y lo van a usar. ¿Qué duda puede caber?

¿Acaso usted cree que los dueños del modelo y sus lacayos administradores van a ceder sus privilegios por una simple marcha, por 10 marchas, o por el rescate heroico de la Plaza de la Dignidad de manos de las fuerzas represivas?

El camino a la justicia es muy largo aún, y lamentablemente va a estar regado por la sangre de héroes, pero no de esos que salen con brillosos cascos en los prusianos desfiles, sino de aquellos seres sencillos, aquellos hombres, mujeres y niños, seres limpios, que han dicho basta, y para quienes el miedo quedó atrás.

El 25 de octubre, creo yo, será una pequeña pero importante batalla, y no hay que restarse de ella. No hay que dejar ni un milímetro del campo en manos de nuestro enemigo.

Sin embargo, la guerra clasista por un Chile soberano seguirá en pleno desarrollo, y otras batallas vendrán. El final es incierto, pero dependerá, exclusivamente, de todos nosotros.

 

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